El río.

Una tarde de calor, el tío y un amigo (a quien llamaban “Mentiras Frescas”) se sentaron a beber a la orilla del río a la sombra del puente.

En Cañadón Verde había un solo boliche. De todas maneras, no tenían un peso en el bolsillo. Golo ya no les fiaba. Había una cuenta que el tío pagaría recién en la próxima esquila (siempre y cuando terminara con plata, porque a veces perdía todo al pase inglés y él, y otro tío, incluso le quedaban debiendo adelantos al contratista).

Pero habían encontrado la manera de burlar a la adversidad: el tío le había escamoteado una botella de alcohol fino a la abuela. Era una botellita de color verde que estaba por la mitad. Con agua fresca del río la terminaron de llenar y comenzaron a beber usando una latita de salsa pomodoro (salsa de tomate concentrado a la que llamaban “pomidoro”). Cuando se dieron cuenta, la botella estaba de nuevo por la mitad, así que rellenaron con lo cual desbarataron la proporción exacta, cincuenta por ciento.

Pero la potencia de la ingesta les había elevado el espíritu. El día estaba lindo. El río sonaba y la situación daba para la risa y la alegría sin motivo.

Siguieron completando el contenido hasta que por fin (aunque no importaba) se encontraron tomando agua pura del río de montaña.

Nunca pensaron que cada vez que llenaban la botella el río ya no era el mismo.