Museo de arqueología Carlos J. Gradin.

A fines de septiembre o principios de octubre de 1869, en el viaje de 2.700 km que realizó junto con los tehuelche desde la Isla Pavón a Carmen de Patagones, quizá luego de traspasar el Portezuelo de Sumich, meseta del Lago Buenos Aires, George W. Musters escribió:
“Muy lejos a la derecha de nuestra ruta (habla del Este, donde estaba el Cañadón del Río Pinturas) existe una región llamada por los indios ‘el país del diablo’, en la que según me afirman nadie entra nunca…”. Casimiro y Orkeke, jefes de del viaje, no le mostraron a Musters las pinturas rupestres.
Durante muchos años nadie de Perito Moreno entró nunca a la zona de las manos pintadas. Quizá hubo excepciones, (estoy seguro de que no la consideraban el país del diablo) pero la gente del pueblo prefería salir a las señaladas o cualquier otro tipo de excursión. La gente, mi familia, las familias de mis amigos, no iban a mirar como mira el turista o el científico. Creo que, de alguna manera, el espíritu de lo sagrado había pasado de los pueblos originarios a los primeros pobladores. Esos lugares eran de los viejos, de los antiguos, de los anteriores. Eran intocables.
En noviembre de 1978, el arqueólogo C. A. Aschero presenta un trabajo (*) en un seminario de Antofagasta, Chile, organizado por la Universidad del Norte y el Smithsonian Institution. En la introducción expresa que ese trabajo tiene como base los relevamientos realizados por Gradin a partir de 1968. Si bien el área había sido visitada por científicos como el padre de Agostini, Escalada, Milcíades Vignatti, lo de Antofagasta era el resultado de la investigación de un equipo formado por Gradin, Aschero y Aguerre (en ese entonces becaria).
La cueva de las manos había dejado de ser secreta. Algún día, tal vez, será como otros lugares de arte rupestre donde acuden turistas de todo el mundo. Quizá esta zona se convierta en el sostén económico de Perito Moreno luego de que finalice la actividad minera. Si fuese así, sería una especie de fusión mágica entre lo sagrado y lo profano.
Hay pocas personas que pueden construir un sueño, un proyecto trascendente. Gradin lo hizo. No sólo llevó adelante una investigación sino que logró insertarlo en el proyecto de una comunidad hasta entonces inocente. Gradin se relacionó con la gente común, con sus baqueanos Cárdenas y Asiadin –a quienes destaca especialmente en su libro- con los pobladores de la zona cercana al Cañadón del Río Pinturas.
En algún momento hizo amistad con Pedro Bassani (un querido vecino del pueblo, propietario de un camión). Dora Bassani (Dorita) es heredera de esa amistad y del sueño de Gradin quien afirmaba que Perito Moreno debía tener un museo. En el 2004, junto con otros vecinos, creó la Asociación Identidad. Dice Dorita: “Gradin nos inspiró para encarar este trabajo”. Y ya sabemos por las noticias que el 1 de diciembre el Museo (construido desde de los cimientos con ese fin) fue entregado a la Municipalidad.
El día de la inauguración el espíritu de los creadores del arte simbólico de la Cueva de las Manos se asoció con el alma de Gradin, de Cárdenas, de Asiadín, de todos los arqueólogos que trabajaron durante décadas y fue un día hermoso de sol. Las calles, adornadas con cintas, con gazebos, música, comidas, una platea al aire libre, un escenario al aire libre (me acordaba de la fiesta de Serrat). Ese día Dorita cortó la cinta celeste y blanca del sueño que la animó durante 14 años: construir un museo arqueológico y entregarlo al estado. Estaba hecho.
Cuando regresábamos a Buenos Aires, en el aeropuerto de Comodoro conversé largo rato con el arqueólogo Rafael Goñi: me contó que ya tiene preparada su próxima campaña, con su baqueano y los caballos. Me dijo también que a Gradin todos le llamaban Charles (tanto en el trabajo como en la familia).
En el avión pensaba que tal vez a Charles le hubiese gustado que el Museo se llamase “Museo Arqueológico Los Baqueanos”.

http://www.cuevadelasmanos.org
(*) Arqueología del Río Pinturas, provincia de Santa Cruz.